Capítulo de la Novela

Capítulo 2: El Cuerpo de Tao y la Gran Ilusión

agosto 27, 2026

Los Secretos del Río Claro

Pasaron los meses, y las estaciones pintaron los campos de la Aldea del Arroyo Claro con los colores del otoño y el invierno. Lin Yunhua había establecido una rutina secreta. Cada tarde, cuando el sol comenzaba a descender y las sombras de los árboles se alargaban sobre la tierra, ella escapaba hacia el río.

Allí, lejos de las miradas curiosas de los aldeanos, practicaba.

Había memorizado cada giro, cada paso y cada respiración del viejo maestro del bosque. Sin embargo, al no tener a nadie que corrigiera su postura, sus movimientos eran una mezcla de imitación e instinto. Su base era inestable, sus pasos a veces demasiado estrechos, y su respiración no siempre coincidía con el flujo de sus extremidades. Técnicamente, eran movimientos mal hechos.

Pero había algo mágico en cómo los ejecutaba.

Lin Yunhua no lo sabía, pero cada vez que sus brazos trazaban un arco en el aire, el agua del río respondía. Pequeños remolinos se formaban en la superficie sin que hubiera viento. Las hojas secas que caían de los sauces no tocaban el suelo, sino que danzaban en espirales invisibles a su alrededor.

Ella solo sentía que, al moverse, el mundo a su alrededor se volvía más ligero, más amable. No sabía que estaba respirando el Qi espiritual del cielo y la tierra, ni que su cuerpo lo estaba absorbiendo con una avidez que desafiaba las leyes de la naturaleza.


La Mirada del Maestro Shen

A unos cien metros de distancia, oculto entre la espesura de un bosque de bambú, un hombre observaba la escena con los ojos muy abiertos.

Se trataba de Shen Yuan, un cultivador de rostro afilado y barba entrecana, vestido con ropas de viaje polvorientas pero de corte elegante. Shen Yuan estaba agotado. Había caminado durante tres días buscando un lugar donde descansar, y su espíritu estaba tan cansado como sus piernas. Su secta, el Valle del Viento Susurrante, estaba al borde del colapso, y él había salido a buscar esperanza.

Y entonces, la encontró. O más bien, ella lo encontró a él, sin saberlo.

Shen Yuan observó a la niña terminar su forma. Vio cómo sus pies no estaban bien enraizados y cómo su Dantian aún no estaba abierto conscientemente. Pero luego, miró más allá de lo físico. Usando su percepción espiritual, vio lo que sus ojos mortales no podían captar.

El Qi espiritual del bosque, denso y puro, no solo la rodeaba; estaba siendo devorado por ella. Cada poro de su piel, cada meridiano de su cuerpo actuaba como un vórtice, absorbiendo la energía del universo a una velocidad que Shen Yuan sólo había oído de los viejos sabios que contaban las historias que leían en textos antiguos, todas las tardes para que los pequeños del pueblo las recordaran y trasmitieran.

—Imposible… —susurró el Maestro Shen, sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas—. Un Cuerpo de Tao (道体).

En el mundo de la cultivación, un Cuerpo de Tao era una leyenda. Significaba que el cuerpo de la persona no tenía impurezas, que sus meridianos eran canales perfectos, capaces de absorber y refinar el Qi espiritual mil veces más rápido que un genio ordinario. Era el tipo de cuerpo con el que los inmortales ascendían al cielo.

Y allí estaba, comiendo pan de mijo todos los días, llevando el desayuno a los campesinos en los cultivos y ayudando a cargar agua de las mujeres que se lo solicitaban. Todo esto en un pueblo humilde, sencillo y perdido en el mapa.

Shen Yuan salió de su escondite, sus pasos silenciosos sobre la hierba. Lin Yunhua se sobresaltó al verlo, deteniendo su movimiento y adoptando instintivamente una postura defensiva que había visto en los bandidos, aunque sus pequeños puños temblaban.

—No temas, pequeña —dijo Shen Yuan, suavizando su voz y mostrando sus manos vacías—. Tus movimientos tienen el espíritu del agua, pero tus pies no conocen la raíz de la montaña.

Lin Yunhua parpadeó, sorprendida, y bajó los puños.

—¿Quién es usted, señor?, ¿viene de parte del maestro de artes marciales? – Esto último lo dijo con un leve temblor en la voz, pensando que si aquel maestro la descubría, le prohibiría entrenar.

—Soy un viajero. Un maestro de artes marciales. —Al escuchar estas últimas palabras, la pequeña abrió los ojos y un sudor frío le recorrió el cuerpo.

Shen Yuan se arrodilló para quedar a su altura, estudiando sus ojos oscuros y profundos—. No temas, no estoy aquí representando a nadie. Vengo de muy lejos. ¿Quién te enseñó a moverte así, niña? ¿Dónde están tus padres? Deben ser los grandes maestros de los que hablas.

Lin Yunhua bajó la mirada, jugando con los bordes de su túnica remendada.

—No tengo maestros, señor. Solo observo a un anciano en el bosque desde lejos. Y… no tengo padres. Al menos, no los que me dieron la vida. Mi familia es el pueblo. La señora Wang, el tío Liu, el herrero… ellos me alimentan y me cuidan. Sólo el maestro de artes marciales… él no me quiere mucho, porque dice que distraigo a sus alumnos.

Shen Yuan sintió un nudo en la garganta. Miró a la niña, luego al pueblo a lo lejos, y una idea comenzó a formarse en su mente. Una idea desesperada, pero brillante.


La Gran Ilusión

Al día siguiente, el Maestro Shen se presentó en la plaza central de la Aldea del Arroyo Claro. Había pedido a Lin Yunhua que reuniera a los ancianos y a los padres de los niños.

Cuando el pueblo se congregó, Shen Yuan adoptó una postura solemne. Hizo un gesto con la mano, y utilizando un poco de su Qi, hizo que las nubes sobre el pueblo se arremolinaran en una espiral perfecta. Los aldeanos jadearon, cayendo de rodillas ante lo que creyeron era un milagro divino. Había un inmortal delante de ellos.

—Soy el Elder Shen, de la Secta Inmortal del Pico de la Nube Eterna —mintió Shen Yuan con voz resonante, proyectando su voz para que sonara como un trueno lejano—. He recorrido el continente buscando a una persona cuyo linaje desciende directamente de dragones. El destino me ha traído aquí.

Los ojos de los aldeanos brillaron con asombro y esperanza. Una secta inmortal. Habían escuchado historias de cultivadores que podían volar, curar enfermedades y vivir mil años. Y ahora este ser de otro mundo, les decía que ahí, entre ellos, habitaba el linaje del dragón.

—Seleccionaré a los jóvenes con mejor afinidad espiritual —continuó Shen Yuan, manteniendo su fachada de inmortal imperturbable—. Solo los elegidos podrán abandonar este lugar mortal y ascender a los cielos para cultivar la inmortalidad.

En su interior, el Maestro Shen suspiraba. Perdónenme por el engaño, pensó. Pero si esta niña es realmente un Cuerpo de Tao, su talento salvará a mi secta. Y si el feng shui de este pueblo es tan bueno como para producir un tesoro así, quizás encuentre a otro niño con raíces espirituales decentes.

Su secta, el verdadero Valle del Viento Susurrante, estaba en ruinas. Les quedaban menos de diez discípulos, y si no presentaban al menos tres nuevos talentos al Registro Marcial del Imperio antes del próximo invierno, perderían su estatus de secta y serían despojados de sus tierras. Necesitaba un milagro. Y acababa de encontrarlo en una niña de ocho años que podía salva a toda una secta.


La Examinación

El evento se realizó al atardecer. Shen Yuan colocó una Piedra de Prueba Espiritual, un cristal opaco que había traído en su bolsa, sobre una mesa de madera.

—Uno por uno —instruyó, con voz severa—. Pongan su mano sobre la piedra. Si brilla, tienen el destino de los inmortales.

Los niños del pueblo, emocionados y nerviosos, se acercaron. El hijo del herrero, robusto y fuerte, puso su mano. La piedra emitió un tenue resplandor rojo, como una brasa moribunda.

—Fuerza física decente, pero afinidad espiritual nula —dijo Shen Yuan, negando con la cabeza.

La hija de la señora Wang, ágil y rápida, tocó la piedra. Un leve destello azul, apenas un parpadeo.

—Agilidad aceptable, pero meridianos obstruidos.

Así pasaron los niños. Algunos hacían brillar la piedra un poco, otros no lograban nada. Shen Yuan sentía que el corazón se le hundía. Solo necesito uno más, pensaba con desesperación. Solo un discípulo más con raíces espirituales básicas para salvar el registro de la secta.

Finalmente, fue el turno de Lin Yunhua.

La niña se acercó tímidamente. Miró a los aldeanos, que la observaban con orgullo y ansiedad. Luego, miró al Maestro Shen, quien le ofreció una leve sonrisa de aliento.

Lin Yunhua extendió su pequeña mano y la posó sobre la piedra opaca.

Por un segundo, no pasó nada.

Y entonces, la piedra estalló.

No fue un simple brillo. Una luz blanca, pura y cegadora, brotó del cristal, iluminando la plaza entera como si hubiera caído un rayo. El aire se llenó de un aroma a flores de loto y ozono. La piedra vibró con tanta fuerza que se agrietó ligeramente en la base, y un vórtice de viento suave levantó el cabello de Lin Yunhua, haciéndolo flotar como si estuviera bajo el agua.

Los aldeanos se cubrieron los ojos, asombrados y aterrados.

Shen Yuan, sin embargo, no se cubrió los ojos. Los tenía muy abiertos, llenos de lágrimas de alivio y asombro. La luz no solo era intensa; era pura. No había rastro de impurezas. Era la luz del Tao mismo.

Cuando la luz se desvaneció, Lin Yunhua retiró la mano, asustada por la reacción.

—¿Lo… lo hice mal, Maestro Shen? —preguntó, con la voz temblorosa.

Shen Yuan se arrodilló frente a ella, ignorando a los aldeanos que murmuraban asombrados.

—No, pequeña. Lo hiciste perfecto. Has pasado la prueba. Eres la elegida.


La Despedida y el Peso de la Verdad

La noticia de que Lin Yunhua había sido elegida por los inmortales se extendió por el pueblo como un reguero de pólvora. Nadie sabía cómo había llegado la pequeña a su pueblo, sin embargo, esa noche nació una leyenda; una pareja de inmortales que pasaban por aquel lugar, los bendijeron dejando a su cargo a la pequeña recién nacida.

Esa noche, hubo una fiesta modesta pero llena de alegría. La señora Wang le preparó su plato favorito, el viejo Li le regaló un pequeño colgante de hierro forjado en forma de grulla, y los niños de los Chen lloraron abrazándola, prometiéndole que la esperarían.

A la mañana siguiente, bajo la luz grisácea del amanecer, Lin Yunhua se preparó para partir. Llevaba una pequeña mochila con provisiones y el colgante de hierro en el pecho.

Shen Yuan la esperaba en el camino principal, junto a dos caballos. Mientras la niña se despedía entre lágrimas y risas de los aldeanos, el Maestro Shen miraba hacia el horizonte, hacia las montañas del norte donde se ocultaba su verdadera secta.

He encontrado al salvador de nuestra secta, pensó Shen Yuan, sintiendo una mezcla de orgullo y una profunda culpa. “Pero le he mentido. Le he dicho que vine de un Pico Eterno, cuando en realidad la llevo a un valle en ruinas, lleno de deudas y discípulos desesperados”.

Sabía que no podía decirle la verdad. Si Lin Yunhua descubría que su “secta inmortal” era en realidad un grupo de fracasados al borde de la extinción, su espíritu podría quebrarse. Y un Cuerpo de Tao con el corazón roto era un peligro que el mundo marcial no podía permitirse.

—¿Maestro Shen? —llamó Lin Yunhua, acercándose a él con los ojos rojos pero la espalda recta.

—¿Estás lista, Yunhua? —preguntó él, suavizando su voz.

—Sí. Voy a hacerme fuerte. Voy a volver algún día y proteger el pueblo de los bandidos.

Shen Yuan sonrió, una sonrisa triste pero genuina. Le ayudó a subir al caballo.

—Entonces cabalgaremos, pequeña. El camino hacia la inmortalidad es largo, y tu primera lección comienza hoy.

Mientras los cascos de los caballos resonaban en el camino de tierra, alejándose de la Aldea del Arroyo Claro, Lin Yunhua miró hacia atrás hasta que el pueblo desapareció entre la niebla. No sabía que no se dirigía a un paraíso de inmortales, sino a un refugio de almas perdidas.

Pero tampoco sabía que ella, con su Cuerpo de Tao y su corazón inquebrantable, era exactamente lo que ese refugio necesitaba para volver a tocar el cielo.